Elogio del lápiz

(El Cultural, Diario de un curioso)

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El encuentro sobre “el cerebro social” fue una mezcla de entusiastas y de cautelosos. Algunos piensan que las nuevas técnicas de exploración del cerebro nos permiten conocer sus entretelas. Otros piensan que se ha vendido la piel del oso antes de matarlo. Milito en los dos bandos a la vez. Siento verdadero entusiasmo ante los avances de la neurología, pero soy cauteloso porque pienso que se ha progresado mucho en el conocimiento de la sintaxis del sistema nervioso, pero mucho menos en su semántica. Le pasó lo mismo a Chomsky, nadie es perfecto. Podemos rastrear la trayectoria del impulso nervioso, el dinamismo de las distintas zonas del cerebro pero, al menos yo, no sé como se pasa de ahí al contenido. Sin duda, una actividad neuronal precede a toda experiencia pero, al mismo tiempo, el contenido de la experiencia dirige el funcionamiento neuronal. Por ejemplo, una ecuación matemática tiene dos tipos de antecedentes: uno, neuronal; otro, los datos o las premisas matemáticas de la ecuación. Funcionan en distinto nivel y no acabo de saber cómo se pasa de uno al otro.

Cada vez conocemos más detalles del funcionamiento del cerebro, pero no sabemos cómo integrarlos. Por eso comprendo a Eric Kandel, neurólogo premiado con el Nobel, cuando ha dicho: “Acerca de la mente, no hay todavía concepción más coherente e intelectualmente satisfactoria que el psicoanálisis”. Le comprendo pero me sorprende, porque el psicoanálisis no ha conseguido hasta el momento cumplir los requisitos de una corroboración científica.

Kandel forma parte del consejo editorial de la revista ‘Neuro-Psychoanalysis’, una publicación que aglutina a un grupo de investigadores interesados en estudiar las relaciones entre esos dos campos con frecuencia antagónicos: la neurología y el psicoanálisis. La lista es de postín: Damasio, LeDoux, Panksepp, Ramachandran, entre otros. También está Benjamin Libet, tal vez el neurólogo que más me ha complicado la vida. Demostró que 800 milisegundos de tomar una decisión se habían desencadenado potenciales eléctricos en zonas premotoras del cerebro. Mi admirado amigo Joaquín Fuster escribe: “Esta observación indica que el acto voluntario está precedido por algunos procesos inconscientes en alguna parte del cerebro”. Es decir, que nuestro cerebro toma las decisiones casi un segundo antes de que las tomemos conscientemente. En El misterio de la voluntad perdida propuse una explicación de este hecho tan embarazoso. Lo cierto es que el cerebro humano produce ocurrencias por su cuenta, fuera del análisis de nuestra conciencia. Mis lectores ya saben hasta qué punto estoy interesado por esta inteligencia no consciente. Los poetas la llamaban “inspiración”.

Así como en el cerebro me intriga lo que sucede antes del big-bang consciente, en cosmología me interesa lo que sucedió antes del gran Big-Bang. Leo un artículo de Gabriele Veneziano, uno de los padres de la teoría de cuerdas. Sigue confiando en lo que llama “la magia de la cuerda cuántica”. Una vez que las reglas de la mecánica cuántica se aplican a una cuerda vibrante, aparecen nuevas propiedades que pueden explicar la física de partículas y la cosmología. Dos por el precio de uno. Escribe en uno de esos estilos científico-poéticos que me fascinan: “Las cuerdas aborrecen el infinito”. “Dentro de un agujero negro, el espacio y el tiempo intercambian papeles”. “Hay agujeros de cuerdas”. Piensa que el Big-Bang  tuvo lugar, pero que el universo podría ser anterior a él. Las simetrías de la teoría de cuerdas  sugieren que el tiempo no tuvo un inicio y no tendrá un final. La época anterior a la gran explosión formó el cosmos actual. Concluye: “¿Cuándo empezó el tiempo? Aún no tenemos una respuesta concluyente. Pero si la teoría de cuerdas es cierta, el cosmos habría existido siempre, y aunque un día vuelva a derrumbarse sobre sí mismo, no acabará nunca”.

La casualidad, que es un ángel que guía mis lecturas, ha puesto en mis manos un estupendo libro de Jean-Pierre Luminet, titulado L’invention du Big Bang que cuenta  la aparición de esta notable teoría y, sobre todo, recupera la obra de los tres pioneros que “armados solamente con su ‘lápiz’ y con una intuición que se puede considerar genial, desvelaron esa nueva visión del mundo: el ruso Alexandre Friedmann (1888-1925), el belga Georges Lemaître (1894-1966) y el americano de origen ruso George Gamow”. Quisiera hacer un encendido elogio del lápiz, que lo mismo sirve para alumbrar las ecuaciones del cosmos que para parir los dibujos de Leonardo.

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