El Pacto Social

(Tiempo)

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Para conseguir un pacto de Estado sobre educación debería haber primero un pacto social, es decir, que la misma sociedad se pusiera de acuerdo en lo que se debe enseñar.

 

De nuevo estamos debatiendo una ley de educación. Sospecho que, sea cual sea, no durará mucho. La sociedad civil reclama continuamente un pacto de Estado sobre educación, para eliminar este baile de San Vito legislativo, pero esta petición encierra una dosis de impostura. Para conseguir ese pacto político debería haber primero un pacto social, es decir, que la misma sociedad se pusiera de acuerdo en lo que se debe enseñar. ¿Estamos suficientemente maduros para eso? No. La nueva ley plantea temas que separan a la sociedad española. Unos derivan de los nacionalismos, y afectan a la enseñanza de la lengua y de la historia. Estas corrientes ideológicas piensan que la educación no tiene como principal función formar a las personas, sino reforzar la identidad de una cultura. Aquella remite a la universalidad, esta a la pertenencia nacional. Ambas son tendencias legítimas y sería posible coordinarlas si se trataran educativa y no políticamente, salvaguardando a la vez el derecho de las mayorías y de las minorías, cuadratura del círculo que siempre se ha propuesto la democracia.

 

Otro tema es el de la religión en la escuela. Hay tres posibilidades. Que en la escuela no se hable de religión. Que se enseñe una confesión religiosa. Que se hable de religión como fenómeno cultural. Esta me parece la mejor solución, porque el fenómeno religioso ha configurado de tal manera la historia de la humanidad que ignorarlo dificultaría la comprensión del ser humano. Lo mismo que sucedería si se eliminara el arte o la literatura o la filosofía. El sistema educativo inglés incluye una “formación espiritual”, que no es estrictamente religiosa, sino que tiene por objeto tratar aquellos problemas que preocupan a la humanidad y que no reciben respuesta por parte de las ciencias positivas. Van desde la estética hasta la reflexión sobre el sentido de la vida. Es una vacuna contra la superficialidad y el utilitarismo.

 

Lo que resulta inaceptable –y ese es el camino que parece llevar la nueva ley– es que se enfrenten religión y ética, presentándolas como alternativas. O se estudia una o se estudia la otra. ¿Y por qué no enfrentar religión y ciencias naturales o historia o matemáticas? Es necesario explicar una vez más que la ética es una moral transcultural, que no se basa en ninguna creencia religiosa, sino en la necesidad que tiene la inteligencia humana de resolver con carácter universal los problemas que afectan a la dignidad humana.

 

Las declaraciones de los Derechos Humanos son un embrión de esa ética. Sus propuestas son laicas, pero han sido la única protección real del derecho a la libertad religiosa que ha habido en la historia. Las religiones –al menos las monoteístas– han sido implacables unas con otras. La ética sirve para aplacar los excesos religiosos confesionales, y también los excesos políticos, sociales o económicos. Por eso es necesario estudiarla en las escuelas.

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