El Lenguaje

(La Vanguardia)

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Hay un esperanto del balbuceo. En todo el mundo, los niños gorjean y parlotean de la misma manera. Estoy seguro de que se entienden entre ellos. La Torre de Babel viene después.

El bebé nace con dos objetivos primordiales, casi obsesivos por su tenacidad, que ocupan la primera parte de su infancia: moverse con autonomía y comunicarse. Es un ser social, parlanchín incluso antes de saber hablar. Su primer lenguaje son el llanto y la sonrisa. Ambos cambian en los primeros meses y pasan de ser actos involuntarios y automáticos a convertirse en instrumentos comunicativos, incluso en herramientas de seducción. El adulto tiene que aprender a descifrar esa pulsión locuaz. Ya les he hablado de mi interés por la conversación como estructura básica de la convivencia, pues bien, el bebé establece muy pronto un diálogo minucioso y continuo con su madre (con este nombre designo al cuidador principal del niño, sea quien sea). Entre ambos se establece una correspondencia funcional, unas elocuentes pláticas sin palabras, una conversación cordial y rápida. Ocho réplicas y contrarréplicas por minuto profiere un niño pequeño. Se sorprende, imita, sonríe, ríe, se aburre, vuelve la cabeza, bosteza, sin romper nunca del todo su enlace con la mirada maternal.

Los psicólogos han estudiado magistralmente este periodo, pero este afán de comunicarse, estos diálogos fundadores de la realidad, me parecen tan conmovedores que necesitan ser narrados con precisión científica, pero también con entusiasmo poético. Por eso recurro a Rilke, que cantó con una asombrosa perspicacia esta situación. En su Tercera elegía, asiste fascinado al asombroso espectáculo del aprendizaje de las palabras. Mediante el lenguaje, la madre enseña al niño los planos del mundo que tiene que construir. Rilke recuerda a una madre que ella fue transmisora no sólo de la vida, sino también del lenguaje, de las palabras y sus significados. Y al hacerlo, añade, “inclinaste sobre los ojos nuevos el mundo amigo, apartando el extraño”. Lleno de nostalgia, pregunta:

“¿Dónde, ay, quedaron esos años cuando tú, sencilla, con tu figura esbelta, ordenabas el caos bullente?”. Este “caos bullente” que es, para el niño, el mundo de la experiencia, va haciéndose familiar al adquirir un nombre y, sobre todo, al descubrir que la madre posee los nombres que identifican las cosas y las hacen manejables:

“Nunca hubo un crujido que no explicases sonriendo,
como si hace mucho tiempo supieras cuándo el entarimado se porta así.
Y el niño escuchaba y se calmaba”.

Esta larga faena de contar al niño el mundo y decirle que la vaca hace mu y que la oscuridad no es mala y que árbol se llama árbol y que los niños no deben tirar la comida y que mamá lo quiere mucho hace posible que el niño vaya colocando en su sitio las vacas, los mugidos, el querer, el árbol, y la comida y todo lo demás, y, después de realizada esa ardua tarea de organizar la desconcertante variedad de las cosas, el niño queda tranquilo y satisfecho:

“Aliviado, bajo párpados soñolientos,
disolviendo la dulzura de tu leve modo
de dar forma a todo”.

Arrullado por palabras, el niño se ha dormido. Silencio, no vayamos a despertarlo.

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