El Ingenio

(La Vanguardia)

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Siempre me ha fascinado el ingenio. Cuando la inteligencia, a veces tan solemne en los asuntos más serios, abandona esa seriedad y se dedica a jugar. El ingenio es un proyecto de la inteligencia para vivir jugando. Quiere huir de sus multiplicadas servidumbres. La inteligencia es esclava de la lógica, del sentido común, del principio de realidad; ha estado sometida al ser, a la verdad, a la belleza y a la bondad, es decir, a los cuatro trascendentales metafísicos, y ahora, como desquite, al convertirse en ingenio, busca con denuedo la intrascendencia. “Cuando sentimos un pie frío y otro caliente sospechamos que uno de los dos no es nuestro”, dice Gómez de la Serna.

Pues bien, el ingenio parece disparatar sensatamente y descubrir un sesgo original del mundo. Transforma en juguete la realidad entera, las palabras, por ejemplo. Jugar es un gasto furtivo de energía. No vale para nada, pero nada nos es tan necesario. El ingenioso descubre que el lenguaje gasta divertidas bromas. Que la palabra banco designe los bancos del paseo y los del dinero es divertido; y que tanto unos como otros tengan asientos, en piedra o en libros de cuentas, lo es aún más. Los cardenales son hematomas y dignidades. Las tibias, huesos y mujeres ni frías ni calientes. Se puede errar con y sin hache. Para el ingenioso, el lenguaje es una caja de trucos, la utillería de su tarea de prestidigitador. ¡Qué gran broma gasta Quevedo al lenguaje –o el lenguaje a Quevedo, o ambos a los demás– al mostrarnos que en las severas panzas de los diccionarios se ocultan chistes y burlas! Critica a los sastres diciendo que “para llamar a la desdicha con peor nombre la llaman desastre”, y zahiere a los médicos advirtiendo que “no se les llama don, sino doctor, porque ni siquiera en el nombre quieren dar nada”. Puede hacerlo porque el lenguaje había tramado ya esas chanzas, que estaban esperándole, escondidas desde el fondo de los siglos.

El ingenio acaba riéndose de todo para demostrar su poder. No puede venerar, porque eso implica respeto, y es por definición irreverente. Hay muchos cínicos ingeniosos, como nos enseñó Oscar Wilde: “La insulsez es el comienzo de la seriedad”, dice uno de sus personajes. “Ningún crimen es vulgar, pero toda vulgaridad es un crimen”. “Los cigarrillos poseen al menos el encanto de dejarle a uno insatisfecho”. En ese punto, el ingenio se ensoberbece, se entrega a la afanosa tarea de devaluar todo, y es capaz de hacer cualquier cosa por decir una ingeniosidad. “Sacrifica usted todo el mundo para hacer un epigrama”, dice uno de los personajes de Wilde. Ya el viejo Cicerón abominaba de los que por decir un dicho pierden un amigo. Los viajeros que visitaban la España del siglo de oro se extrañaban de la desfachatez con que los españoles se reían de todo. El ingenio se hace inclemente en su desenvoltura. Sorprende por su vitalidad, por su frescura, por la rapidez de su respuesta, y, al mismo tiempo, puede hartar. No hay nada más aburrido que estar mucho tiempo junto a un ingenioso. Al final lo que uno quiere es hablar con seriedad de algo. El gran Aristóteles ya lo advirtió: “No podemos vivir sin jugar, pero no podemos vivir siempre jugando”.

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