El Ejemplo

(La Vanguardia)

Imprimir

Muchos padres me escriben mostrando cierta decepción. “No es verdad que el ejemplo sirva para algo”, me dicen. En casa somos lectores, abstemios, trabajadores o comprometidos políticamente y nuestros hijos son todo lo contrario. Esta situación provoca cierto escándalo. Hijos de familias ejemplares son desastrosos e hijos de familias no ejemplares son estupendos.

La pregunta es inevitable. ¿Sirve o no sirve el ejemplo? Sirve. Los expertos nos dicen que la imitación es uno de los grandes motores educativos. Lo malo es que todos estamos expuestos a ejemplos muy variados. Buenos y malos. Y no podemos estar seguros de que sean buenos ejemplos los que influyan más e imitarlos. Por eso, es inevitable apelar además a otros métodos educativos: el premio, el castigo, el cambio de creencias, el cambio de sentimientos y el razonamiento.

Hasta donde llego, no hay más. Este es el kit pedagógico básico. Con todas sus limitaciones, el ejemplo tiene una eficacia especial que ha sido reconocida a lo largo de la historia. Ofrece posibilidades reales de vivir. Los consejos, las normas, las recomendaciones, son teorías simplificadoras y generales. En cambio, el ejemplo nos presenta la vida en su densidad, riqueza y complejidad. Esa es la función pedagógica de todos los ejemplos: ilustrar con un caso particular una propuesta general o teórica. Cada uno hacemos nuestra propia biografía con mayor o menor arte.

Todos somos irremediablemente protagonistas de una aventura metafísica que consiste en realizar nuestro proyecto personal a través de las circunstancias, lo que implica resolver continuamente problemas variados.

Es importante proporcionar ejemplos de vida noble frente a ejemplos de vida descendente. En último término, consiste en demostrar que hemos podido gestionar nuestras limitaciones de un modo aceptable, es decir, una demostración de humildad creadora. Creo que fue Erich Fromm quien dijo que hay personas que no han tenido nunca la experiencia de haber tratado con alguien generoso, noble, valiente, justo. Y lo consideraba una mala suerte vital. Para evitarlo, en lo posible, en las escuelas estadounidenses se da gran importancia a conocer las biografías de personalidades excelentes. En Europa, nos hemos vueltos desconfiados y despreciativos. Nos hemos instalado en la cultura de la sospecha y del desdén. Hegel dijo que no hay gran hombre para su ayuda de cámara y corremos el peligro de convertirnos todos en ayudas de cámara. Los norteamericanos conservan todavía cierta capacidad de admirar y eso es un signo de buena salud mental.

En uno de sus libros, Nietzsche critica a los cristianos. “Para que los creyéramos, deberían mostrar más alegría”. Extendería esta afirmación a todos los casos ejemplares. Para que me sirvan deben enseñarme caminos alegres. La alegría no es un sentimiento tonto aliado de la ignorancia. Es el sentimiento expansivo producido por la ampliación de nuestras posibilidades. La etimología latina de leticia lo indica. La alegría hace laetus, amplio el corazón humano, lo convierte en latifundio que puede albergar grandes ideas. Todos queremos satisfacer tres grandes deseos: el bienestar, el afecto y la grandeza. Unificarlos es complicado. Por ello es conveniente proponer a nuestros niños ejemplos de vidas nobles para que experimenten su sana influencia.

Employers can get started today and monitor up to three company computers absolutely examine here to find out more free

© Todos los derechos reservados - Texto legal