Dios

(La Vanguardia)

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Hablar de Dios es siempre una petulancia. Pero sólo voy a hablar del objeto cultural Dios, no de su existencia o inexistencia. Últimamente me siento preocupado por la superficialización de la realidad, que me parece peligrosa. Reducimos las cosas, las relaciones, los sentimientos a la inmediata experiencia que tenemos de ellos. Olvidamos que nuestro mundo y nosotros mismos somos productos de una genealogía cultural compleja, sin conocer la cual nos empantanamos en la apariencia más reciente, sin saber que no es más que una apariencia de algo más profundo. Creo que el desconocimiento de la historia de la cultura, que es en realidad la historia de nuestro proceso de humanización, con sus luces y sus sombras, nos condena a un adanismo elemental y balbuceante.

¿Y qué tiene eso que ver con Dios o con la religión? Pues que se está produciendo un olvido que deja en la sombra una parte importante del trabajo que la inteligencia humana ha hecho sobre sí misma. No estoy pidiendo a nadie que tenga fe o que se enrole en una religión, ni siquiera me refiero a que sin saber historia de las religiones no se pueden comprender los cuadros de un museo. No. Me estoy refiriendo a algo más esencial: a la importancia que la noción de Dios y las vinculaciones religiosas han tenido en la configuración de la subjetividad moderna. Pondré un ejemplo.

Hasta donde sabemos, la noción de Dios en su origen tenía que ver con la experiencia de un poder misterioso y tremendo. Tardó mucho el ser humano en concebir a Dios como la realización plena de la bondad y la justicia. En ese momento, Dios se convirtió en un modelo inalcanzable, pero presente. Una línea de escape de nuestra miseria. El poderoso tenía que ser justo, como Dios, y no podía ensañarse con el débil. No me cabe duda de que la presencia activa de una idea –no digo de una realidad– que lanzaba al ser humano fuera de su limitación, que le hacía pensar, o imaginar, o intentar realizar lo infinito, tuvo una definitiva eficacia en el modo de entendernos a nosotros mismos. Nos liberó de la tentación de resignarnos a lo que somos –unos animales listos y terribles– y nos impulsó a tener sueños de grandeza –por ejemplo, que somos seres dignos, intrínsecamente valiosos, imágenes de Dios, partícipes del Absoluto, etcétera– que nos han permitido progresar.

Mircea Eliade, un hombre muy poco religioso, pero muy interesado por la religión, creía que sobre el conocimiento de la historia de las religiones, de las variadas experiencias y creaciones religiosas, se podría fundar un nuevo humanismo. Creo que esencialmente tenía razón. Una de las características que definen a nuestra especie es que hemos creado el concepto de Dios. Y esto no debemos olvidarlo, con independencia de que se crea o no en su existencia. Hoy, como ven, he vuelto a la filosofía, una de cuyas funciones podría ser recuperar la memoria oculta de las cosas.

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