De la memoria al genoma

(El Cultural, Diario de un curioso)

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Soy un curioso, no me avergüenza confesarlo. La curiosidad, como rodos los impulsos humanos, es ambivalente. Puede engrandecerse mediante la exploración, la investigación  y la ciencia, o degradarse hasta el cotilleo y la concupiscencia por las vidas ajenas. En una ocasión preguntaron a Richard Feynmann, uno de ]os más geniales y divertidos físicos del pasado siglo: “¿Y a usted qué le gustaria saber? “Everything”, contestó. En eso al menos nos parecernos. A mi también me gustaría conocer todo. Ya sé que es imposible, pero hago lo que puedo. Disfruto asistiendo a todas las formas de la creación humana: el arte, la política, las religiones, la ciencia, las empresas. Me fascina ver a Barceló pintando una catedral, pero también a Amancio Ortega inventando Zara. En un cuaderno de campo voy anotando las cosas que me intrigan o me sorprenden. En este Diario de un curioso sólo recogeré las que tienen que ver con la ciencia.

 

    El principio de un año es tiempo propicio para el recuerdo, y para pasar a limpio notas que han ido amontonándose. Muchas de ellas, precisamente, sobre la memoria. Las investigaciones sobre los mecanismos neuronales de la memoria avanzan a toda velocidad hacia no se sabe donde. Explicar cómo se conservan las experiencias es un asunto de una abrumadora complejidad. Henri Bergson, apoyándose en los conocimientos neurológicos de su época, intentó demostrar en su libro Materia y memoria que era preciso admitir la existencia del alma para comprender las formidables capacidades de la memoria humana. Cuando se intenta resolver un problema apelando a un misterio, es que la cosa está muy oscura. Las investigaciones más recientes se centran en el estudio de la plasticidad del cerebro.  Al parecer, las experiencias reconfiguran los mapas neuronales. Uno de los neurotransmisores que intervienen en la memoria es el glutamato. Aún recuerdo que cuando era niño se puso de moda que los estudiantes lo reináramos antes de los exámenes. Pero por mucho glutamato que tomemos, de nada sirve si no funcionan bien sus receptores, llamados NMDA, que son clave en la plasticidad sináptica.Cuando se bloquea la acción de este receptor en ratones, su memoria presenta graves déficits. Parece, pues, correcto afirmar que el receptor NMDA es un factor determinante en la fijación de los recuerdos. Sin embargo, ha aparecido un dato que vuelve a complicar el asunto. Los fallos en la capacidad de aprendizaje que se observan en ratones carentes de ese receptor “pueden compensarse por medio de un período de crianza en un entorno rico en estimulaciones sensoriales” (C.  Rampon eta!. ‘Nacure Neurosciencie’, 3, 258, 2000). Es posible que unas estructuras del cerebro compensen en este caso déficits existentes en otras, en una especie de solidaridad benéfica. Un apasionante problema queda planteado: ¿Hasta dónde puede llegar la plasticidad del cerebro?

 

    Virgillo Zapatero, rector de la Universidad de Alcalá, me invitó a participar en una mesa re-donda en la Residencia de Estudiantes junto a Bernat Soria, nuestro gran investigador sobre células madre, y Ramón Núñez, director del Museo de la Ciencia de La Coruña. El tema era sugestivo:  Aprender a amar la ciencia. La ciencia no es más que la curiosidad natural satisfecha sistemáticamente.  Los niños pequeños suelen formular unas 40 preguntas a la hora. Por desgracia, la escuela debilita esa curiosidad. Nos empeñamos en transmitir el cadáver de la ciencia, en vez de enseñar la actividad científica, que es una forma de vida apasionante, eficaz y noble. Un ejemplo de este mal entendimiento es la oposición actual entre Humanismo y Ciencia. El desinterés de los humanistas por la ciencia se ve correspondido por el desprecio de los científicos hacia los humanistas, a los que consideran unos cantamaflanas, sobre todo cuando hablan de ciencia o de técnica. La solución estaría en retomar a la fuente única de la que brota la poesía y la matemática, la filosofía y la ciencia, a saber, la inteligencia creadora. Me parece imposible que si me interesa lo que dice un literato no me interese lo que dice un científico. Leo asiduamente revistas y libros de ciencia. Sería estúpido decir que comprendo todo lo que leo, pero capto la belleza de las creaciones teóricas. Tampoco entiendo, por ejemplo, lo que quiere decir Aleixandre cuando escribe: “Oh mares que no existen bajo toda raíz,/ árboles sustentados sobre bocas que laten”, y, sin embargo sigo leyéndolo con fruición. “Desconocer la segunda ley de la termodinámica es como no haber leído nunca una obra de Shakespeare”, escribió C. P. Snow. Tenía razón. Nadie se muere por ello, pero es una pena.

 

    Leo el discurso que pronunció José Manuel Sánchez Ron en la ceremonia de ingreso en la Real Academia Española. La ciencia y las matemáticas son, en realidad, dos grandiosos lenguajes. Tienen su gramática propia, su sintaxis, su semántica. Suponen un gigantesco aumento de posibilidades intelectuales. Hay casos muy llamativos, por ejemplo, el modo como se piensa el “infinito” usando el lenguaje natural y usando las matemáticas. Tradicionalmente se ha usado la palabra para hablar de Dios, lo que planteaba a la teología un montón de paradojas. Si Dios es infinito, ¿aumentó su infinitud al crear el mundo? Parece que algo infinito no puede aumentar, pero decir que la aparición del Universo no influyó nada en esa infinitud, también parece, como poco, extraño. Los matemáticos dijeron que el infinito había que tratarlo de otra manera. Leibniz inventó a finales del siglo XVII el cálculo infinitesimal. Un siglo después, Euler llegó a estar casi obsesionado con la matemática del infinito, al que atribuía las características que Kant reconocía en lo sublime: “Produce un sentimiento de dolor, y al mismo tiempo, un vivo placer, una conmoción, un movimiento alternativo, rápido, de atracción y repulsión de ese mismo objeto”. Un siglo más tarde Georg Cantor estableció que no todos los infinitos son iguales. ¡Hay que tener valor para decirlo! Y explicó cómo se pueden sumar, multiplicar, manejar en una palabra. Todo esto resulta intrigante por ilógico, y de hecho puede interpretarse como un intento de las matemáticas para independizarse y vengarse de la lógica. A mí me parece brillante y asombroso.

 

   Leo un libro muy bien escrito: El dedo de Galileo. Las diez grandes ideas de la ciencia. Su autor es Peter Atkins, un profesor de química de Oxford. ¿Cuáles son esas diez grandes ideas? La evolución. El descubrimiento del ADN. La ley de conservación de la energía. La entropía. La teoría atómica de la materia. La simetría. La teoría cuántica. La expansión del universo. El espacio tiempo. Los limites de la razón aritmética. Sin duda, otros estudiosos seleccionarían otras diez ideas. Al final menciona los grandes cambios que pueden sobrevenir a la física. El primer cambio sucederá cuando se unifiquen la gravitación y la teoría cuántica. El segundo, dice, nos llevará más allá de esta unificación. Nos conducirá a los cimientos de la realidad física y comprenderemos qué significa ser una partícula, qué significa ser una fuerza, cómo emergen las leyes físicas, por qué el mundo es como es. A la ciencia le quedan por resolver dos problemas definitivos: el origen del universo y la naturaleza de la conciencia, que es una de las propiedades más desconcertantes de la materia. Al final, los problemas profundos de cada una de las ciencias se convierten en problemas filosóficos.

 

    Martin Seligman es un prestigioso psicólogo americano, que fue presidente de la Asociación Americana de Psicología (APA), ha decidido poner en marcha una nueva escuela psicológica, la Positive Psychology, dedicada a estudiar la fortaleza del ser humano en vez de sus carencias, la felicidad en vez de las desdichas. Un numeroso grupo de investigadores se le han unido. Han descubierto que es necesario que la psicología recupere la noción clásica de “virtud”. Los límites de la psicología y de la moral se desdibujan. El objetivo me parece interesante, pero el modo de realizarlo es pobre, de manual de autoayuda. La nueva escuela plantea una vez más las diferencias entre la psicología europea y la americana. Aquélla es pesimista, cree que el ser humano está determinado por poderosas fuerzas y apenas puede cambiar. La psicología americana, por el contrario, desde el conductismo, es optimista. Afirma que la capacidad de transformación del hombre es gigantesca. Como lo que pensamos acerca de nosotros mismos es un componente real de nuestra personalidad, es posible que los psicólogos americanos produzcan sujetos optimistas, y los europeos sujetos pesimistas. La escala de observación crea el fenómeno.

 

    La ciencia tiene a veces un lenguaje muy poético. Habla, por ejemplo, del “ruido de fondo del universo”, que sería el eco de la explosión originaria. Últimamente encuentro con frecuencia la expresión “viento oscuro”, que me parece muy bella. La oscuridad del universo es un tema que preocupa cada vez más a los científicos. La revista ‘Science’ ha considerado que los descubrimientos acerca de la energía oscura constituyen el hallazgo científico mas espectacular del año que termina. Lo cierto es que cunde la idea de que la materia que conocemos sólo es el 5 % del universo. Hay, además, una materia oscura, que tal vez constituya otro 20% y, por fin, una energía oscura que constituiría mas del 70%. Es decir, vivimos en una islita de conocimientos rodeada de un gigantesco océano de ignorancia. Leo en ‘New Scientist’ un artículo titulado “A la caza de la energía oscura”. Comienza como una novela de intriga: “Durante el último año, Chris Smith vió explotar 45 estrellas. Es un hombre afortunado. Pero Smith y sus colegas del Cerro Tololo Inter-American Observatory están a la caza de algo más que explosiones. Buscan la explicación del más profundo misterio de la física: la energía oscura. Los astrólogos miden su poder a partir de la luz procedente de las supernovas”. Estoy seguro de que el conocimiento de ese 95% de universo que desconocemos descubrirá nuevas propiedades de la materia.

 

    Posdata.– Cuando ya había escrito estas páginas, leo un artículo sobre “el genoma oculto”. Resulta que también la genética ha descubierto su “código oscuro”. El genoma contiene mucho más que genes codificadores de proteínas. El mundo está muy interesante.

 

 

 

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