Cultura

(La Vanguardia)

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Escribo en el avión, que últimamente se ha convertido en mi segundo lugar de trabajo. El ruido de los motores me aísla y la ausencia de teléfono proporciona calidad al tiempo de vuelo. Vuelvo de Barcelona, de intervenir en una reunión con los concejales de Cultura, organizada por la Diputación de Barcelona. Me gusta aceptar invitaciones muy dispares porque me fuerza a estudiar asuntos que, abandonado a mis intereses urgentes, tal vez descuidaría.

Recuerdo la respuesta que en una ocasión dio Bill Gates, el fundador de Microsoft, a un adolescente que le preguntaba si era importante leer. Le dijo que sí, y añadió que él leía todas las semanas, de cabo a rabo, una revista de actualidad –no recuerdo si Time o Newsweek o alguna parecida–. Insistió, y es lo que me hizo gracia, en que leía todas las páginas, y explicaba la razón: “Sin esta disciplina, leería sólo las páginas de tecnología, que son las que me interesan más, y eso no sería bueno”. Me ocupo de asuntos dispares por miedo a especializarme, cerrando así mi horizonte.

El de hoy era especialmente interesante, y mi en-oque, posiblemente, escandalizará a los estetas. ¿Qué deben hacer los concejales de Cultura de los ayuntamientos? Hay una respuesta sencilla: Proteger, promover y transmitir los bienes culturales. Está muy bien, sin duda, pero mi respuesta es diferente. Su objetivo es aumentar la cultura de los ciudadanos. Le propongo que conteste a una cuestión: ¿Cómo definiría usted lo que debe ser un “ciudadano culto”? Al hablar de cultura, solemos referirnos a la cultura cinco estrellas, es decir, a los monumentos, pinturas, libros, etcétera, que son, por supuesto, fuente de enormes satisfacciones estéticas o históricas. Pero recuerdo el desasosiego que me produjo una frase de uno de los grandes humanistas de nuestra época, George Steiner: “La cultura no hace mejores a las personas”. Se refería a algo evidente: la sensibilidad artística, los conocimientos, el refinamiento literario, son compatibles con la perversidad moral. Es terrible que la belleza no nos mejore.

¿No deberíamos afinar nuestro concepto de cultura, sobre todo cuando vamos a gastar en ella fondos públicos?
Creo que sí. La cultura ciudadana debe manifestarse en los modos de convivencia, en los sistemas de relaciones que seamos capaces de establecer, en el respeto, la solidaridad, el estímulo, en los procedimientos para resolver conflictos. En muchos ayuntamientos se han elaborado ordenanzas de civismo. Casi siempre proceden de las concejalías de Seguridad o Interior. ¿No deberían ser elaboradas por las de Cultura? Sin duda es una tarea mucho menos brillante que la de gestionar museos fascinantes, pero esa idea humilde, cotidiana, vital de la cultura, entendida como salva-vidas, como modo de no naufragar en la zafiedad o la violencia, me parece una propuesta noble y poderosa. Suelo decir, y lo digo en serio, que la ética es la creación más brillante de la inteligencia. También es la culminación de la cultura. En comparación con ella, las demás creaciones son maravillosas, pero ornamentales. Todas las artes son, en el fondo, artes decorativas.

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