Aprender

(La Vanguardia)

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A mi alrededor corretea un niño que acaba de cumplir un año. La semana pasada necesitaba ayuda para mantenerse en pie, pero, de repente, se ha lanzado a andar solo y está ebrio de esa libertad recién alcanzada. Ver crecer a un niño es asistir a un dinamismo riguroso y espléndido, impulsado por las ocurrencias que brotan de su cerebro. Un cerebro que hace posible el aprendizaje, pero que, a la vez, es construido por él. Somos un híbrido de biología y cultura. Este asunto me parece maravilloso, y me gusta explicar a mis alumnos jóvenes que el fi n de la educación es ayudarles a construir un cerebro eficaz y enseñarles a que lo utilicen bien. Tal vez les parezca que es una versión reduccionista y pobre de lo que somos. No estoy de acuerdo. Las grandes palabras –mente, espíritu, alma, incluso inteligencia– se mueven en una nebulosa poco operativa.

En cambio, explicar que cada vez que aprendemos algo estamos cambiando alguna de las estructuras de nuestro cerebro me parece estimulante y tranquilizador. Nos impone sabias estrategias. No podemos obligar al cerebro a que nos proporcione los pensamientos deseados, nos haga comprender las matemáticas o nos libre del miedo y de las obsesiones. Pero debemos saber que mediante procedimientos indirectos –suministrándole la información adecuada y estableciendo los hábitos pertinentes–podemos conseguir que sus ocurrencias espontáneas se acomoden más dócilmente a nuestros designios.

Aprender es, pues, modificar el propio cerebro, establecer nuevas conexiones o variar las que había. Las nuevas técnicas de neuroimágenes permiten hallazgos sorprendentes. Por ejemplo, una zona del cerebro, llamada hipocampo, es la sede de nuestra memoria espacial. Eleanor Maguire hizo escáneres cerebrales a un grupo de taxistas de Londres, que tienen que desarrollar una formidable memoria espacial porque en el examen para darles la licencia les obligan a memorizar unas 25.000 calles, y tienen que trazar de memoria rutas de un punto a otro. Pues bien, los investigadores descubrieron que los taxistas tenían mucho más desarrollada esa zona del cerebro que el resto de los mortales.

Voy y vuelvo a la neurología, de la misma manera que los marineros se alejan y vuelven a sus amores portuarios. Ya les dije que trabajo en un libro que se titulará: ¿Qué deben saber los padres sobre el cerebro de su bebé? Tal vez debería continuarse con otras entregas: ¿Qué debe saber un adolescente, un adulto, un hombre, una mujer, un anciano sobre su cerebro? Nos conviene conocer las posibilidades de tan formidable herramienta. Hace poco prologué un buen libro escrito por dos investigadoras inglesas – Sarah-Jaynes Blakemore y Uta Frith– titulado Cómo aprende el cerebro. De él tomo la siguiente cita: “Los cerebros individuales, como los cuerpos individuales, son distintos entre sí, pero no hay casi nada que no podamos mejorar o cambiar. Podemos considerar la educación como una especie de ajardinamiento del cerebro, y en cierto sentido los educadores son como los jardineros. A esto nos referimos cuando hablamos de moldear el cerebro mediante la enseñanza y el aprendizaje”. Cultura significa precisamente eso: cultivar, ajardinar. Se lo repito: son ideas que me parecen estimulantes y esperanzadoras.

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