La reivindicación de la virtud, la gran fortaleza del ser humano

(El Confidencial)

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d53c465d62e73493bc7f9b88e3172770Hay palabras que envejecen, se pierden, se olvidan, se corrompen. Nos preocupa mucho que se extinga una especie de lepidópteros y en cambio no nos sobresaltamos cuando desaparece una palabra. Sin embargo, cada una de ellas es una herramienta que nos permite analizar la realidad, y, si la perdemos, tal vez esa realidad se vuelva inaccesible o incomprensible. Esto ha sucedido con la palabra virtud. De significar la brillantez, la energía, y la destreza, ha pasado a convertirse en un término ñoño, moralizante y con tufo a sacristía. Doña Virtudes llamaron los españoles a la reina María Cristina en son de burla.
Todo esto es una colosal equivocación. Desde la antigua Grecia –donde la denominaban arete– la virtud ha sido el hábito de excelencia que podía alcanzar un atleta mediante el entrenamiento, un artista con el ejercicio de su arte, o un hombre justo mediante el despliegue de su inteligencia moral. Aún conserva parte de su antiguo prestigio cuando hablamos de un “virtuoso del violín”. El pensamiento político americano –el republicanismo– pensó siempre que la democracia sólo podía funcionar si se fundaba en la virtud ciudadana, cuyo fomento es objetivo central de la educación. Y viendo cómo está el patio, no estaría de más que nosotros la tomáramos en serio.

 
La importancia del civismo

El sociólogo y psicólogo Robert Putnam durante una de sus clases.
Cuando Robert Putnam estudió por qué la democracia funciona mejor en unos países que en otros, descubrió que era el conjunto de virtudes cívicas lo que determinaba el éxito.En España hemos sustituido la enseñanza de la virtud por la educación en valores. Tal vez les suene igual, pero son cosas muy distintas. Los valores son conceptos que podemos pensar. En cambio, las virtudes son hábitos que nos impelen a obrar bien. Una persona puede conocer muy bien lo que es la justicia, y obrar injustamente. Para ser exactos, las virtudes son estructuras psicológicas dirigidas por valores, que nos impulsan a la acción. Platón distinguía entre las virtudes del conocimiento –pensar bien, crear, argumentar– y las virtudes de la acción –las encargadas de guiarnos hacia un comportamiento excelente–.
En el mundo anglosajón las virtudes están de moda. Es cierto que las denominan strengths (fortalezas) con lo que subrayan su energía. Martin Seligman, expresidente de la American Psychological Association, ha emprendido un exhaustivo estudio de las virtudes a lo largo del mundo. Se titula Character Strengths and Virtues. Él y sus colaboradores han identificado seis universalmente valoradas: la sabiduría, la valentía, la compasión, la templanza, la justicia y la búsqueda del sentido o de la transcendencia.

Lo que engloba la personalidad

El conjunto de las virtudes constituye el carácter de una persona, su personalidad aprendida, el compendio de recursos intelectuales, emocionales y operativos que una persona atesora. Por eso conviene recordar que la educación anda sobre dos patas: la instrucción y la formación del carácter. Aquella se refiere al conjunto de conocimientos y destrezas que ocupan los currículos. Esta pretende ayudar al niño y al adolescente para que adquiera los recursos intelectuales, emocionales, operativos y éticos necesarios para vivir y convivir bien.

En España hemos sustituido la enseñanza de la virtud por la educación en valores

Seligman y sus colaboradores piensan que educar el carácter es un objetivo educativo prioritario. Permite dar una visión organizada de lo que es una persona, dejando a un lado la actual “psicología de hamburguesa” que aísla docena de aspectos, operaciones o factores que luego no sabemos cómo integrar. En Estados Unidos, que se había negado a impartir educación moral en las aulas, cambiaron de idea en 1994, cuando el Congreso adoptó una resolución para financiar la educación del carácter en la educación primaria y secundaria. Esta asignatura ha llegado a considerarse la más importante de la educación secundaria.

Espero que en España aprovechemos esta experiencia, que ya hemos utilizado en los programas de la Universidad de Padres, y que no nos avergoncemos al hablar de la virtud, y de las personas virtuosas. No lo olviden: virtud es el hábito de la excelencia. Es la gran fortaleza humana. Por eso hay que reivindicarla.

 

 

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