El poeta electrónico

(El Cultural, Diario de un curioso)

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Leo que el investigador Stephen Thaler ha conseguido que un ordenador invente cosas, por ejemplo, un nuevo cepillo de dientes. La antigua polémica se despereza. ¿Pueden crear las máquinas? Lady Lovelace, la enigmática hija de lord Byron, matemática interesada en las máquinas de pensar inventadas por su amigo Charles Babbage, pronunció una sentencia por la que no pasan los siglos: “Una máquina no puede crear nada original, porque se limita a aplicar las reglas que la hemos dado”. Pueden calcular, pero no escribir poesía. Tal vez estaba influida por su amigo, que había corregido como matemático un poema de Lord Tennyson. El verso original decía: “Cada minuto muere un hombre./Cada minuto nace otro”. Babbage pensó, con toda razón, que si el verso fuera cierto la población del mundo se mantendría estable, cosa que no ocurre, y, tras las oportunas comprobaciones, lo reescribió así: “A cada instante muere un hombre,/ y nace uno y un dieciseisavo”. En efecto, el cálculo parece reñido con la poesía.

En sus inicios, la Inteligencia Artificial se basaba en sistemas lógicos cada vez más poderosos. Pero la creación desborda la lógica. Se inventaron entonces los “sistemas expertos”. Los ingenieros de conocimiento pedían a un experto que les contara cómo pensaba, e intentaban simular ese comportamiento en un ordenador. Cuentan las malas lenguas que en una ocasión un escritor de best-seller les dio su receta infalible: “Para escribir una novela de éxito hay que mezclar sexo, suspense, un ambiente aristocrático y algo de religión”. Los técnicos dieron estas instrucciones a la máquina, que escribió la siguiente novela, digna de Monterroso: “¡Ay, Dios mío! -dijo la condesa- Estoy embarazada? ¿Quién será el padre?”.

¿Pero pueden crear las máquinas o no? Crear es producir una novedad valiosa. El poder combinatorio de los ordenadores puede producir infinitas novedades, pero la computadora no sabe si son valiosas o no lo son. El criterio de evaluación se lo tiene que proporcionar el ser humano. Me explico. El programa de IBM que venció a Kasparov tenía el mismo esquema que todos los programas informáticos de ajedrez: un sistema de producción de jugadas, y un sistema de evaluación de esas jugadas. Lo que habían mejorado los técnicos era el criterio de evaluación. Dicen -el asunto es secreto- que utilizaron 8.000 parámetros para juzgar cada jugada.

Los grandes artistas se caracterizan por inventar novedosos criterios. Monet no era mejor pintor que los pintores históricos del XIX, pero tenía un proyecto mejor. Ocurre, sin embargo, que una parte del arte moderno ha decidido prescindir de toda norma de evaluación. Los dadaístas hacían poemas sacando al azar palabras de una bolsa. Pollock y Niki de Saint-Phalle utilizaron el dripping, una técnica para manchar aleatoriamente sus lienzos. Si quitamos la evaluación y nos quedamos en la combinatoria, los ordenadores pueden crear. Pero no sé si vale la pena.

Todo esto viene a cuento del tema que me preocupa. ¿Es creadora la evolución de la naturaleza? Produce novedades sin parar, y su criterio de evaluación es la supervivencia. Me parece un criterio demasiado simple y husmeo para ver si se descubre otro. Muy pronto se publicará la secuencia del genoma del chimpancé. Su parecido con el humano es desasosegante. Nos diferenciamos sólo en un 1″2%. ¿Cómo podemos ser tan diferentes siendo tan iguales? Bruce Lahn, genetista de la Universidad de Chicago, comenta: “Observando nuestro genoma, no habría podido predecir que los humanos fuéramos tan especiales”. La diferencia no está en los genes, sino en cómo se expresan: dónde, cómo, cuándo y en qué cantidad. En el genoma hay más de lo que pensábamos. Por de pronto, hay elementos reguladores que hacen que los mismos genes canten diferentes canciones. Svante Pääbo (Instituto Max Planck de Leipzig) y Ajit Varki (Universidad de San Diego) han comparado los patrones de expresión de 18.000 genes compartidos por humanos, chimpancés, macacos y orangutanes, y han encontrado que en la sangre y en el hígado los genes humanos y los chimpancescos funcionan de la misma manera, pero no así en el cerebro. En este caso, los mecanismos de los chimpas se acercan más a los de otros primates. Parece que la partitura del ADN no acaba de explicar toda la música biológica.

La creatividad de la evolución se dispara en la especie humana. Evan Eichler, genetista de Cleveland, ha descubierto un sorprendente mecanismo para esta explosión innovadora. El perspicaz Bergson había señalado que explicar todos los cambios por mutaciones resultaba poco verosímil, porque en organismos muy complejos la mutación de un gen sería probablemente más letal que beneficiosa. Eichler señala que en el ser humano hay segmentos de ADN duplicados, en una cantidad mucho mayor que en otros seres. Cree que las mutaciones pueden cambiar esta copia sin alterar el original. Sería algo así como un borrador de trabajo, cuyas correcciones sólo se incorporan al texto original si lo mejoran. No salgo de mi asombro.

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