Las mujeres al poder

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Hasta ahora, han tenido que empeñarse en demostrar que hacían las cosas igual o mejor que los hombres. Su lucha por la igualdad de derechos real aún continúa

En la presentación del nuevo gobierno, con mayoría de mujeres, se ha hecho referencia a las movilizaciones del 8 de marzo como un punto de inflexión en la lucha contra la discriminación femenina en múltiples campos. El tema me parece esencial. He tratado en tres libros –’La lucha por la dignidad’, ‘La revolución de las mujeres’ y ‘La conspiración de las lectoras’– la dramática historia de sus reivindicaciones. Espero que consigan pronto la igualdad real de derechos para que podamos avanzar a la etapa siguiente, para mí muy prometedora: el reconocimiento y el cultivo de la diferencia.

La pugna por la igualdad ha sido tan necesaria y urgente que ha ocultado esta otra vertiente. Hasta ahora, las mujeres han tenido que empeñarse en demostrar que hacían las cosas igual o mejor que los hombres, lo que no les permitía intentar hacerlas de otra manera. A la vista de los desastres que los varones hemos hecho con demasiada frecuencia, deseo fervientemente que la creatividad femenina se despliegue.

Maternidad

En el mundo educativo esto se concreta en la conveniencia de una doble educación. Una común con los chicos, en aquellas cosas que son comunes. Y otra que intente proteger su diferencia. El modelo a copiar no debemos ser nosotros. Hace años, una revista femenina progre titulaba en portada: “¿Puedes ser infiel?” Y la respuesta era: “Sí, porque los hombres lo son”. Ese tipo de competencia no es un buen camino.

Los mejores estudios de que disponemos sobre las diferencias entre cerebros femeninos y masculinos indican que, una vez descontada la influencia cultural, no hay diferencias sustanciales en la parte cognitiva, pero que sí las hay en el dominio afectivo, que dirige los intereses y las motivaciones. De hecho, los neurólogos distinguen entre un cerebro reptiliano, un cerebro límbico y un cerebro cognitivo. El gran cambio se dio con la aparición de la maternidad, que produjo el despegue afectivo de la humanidad.

Desearía que, en vez de un gobierno masculino con mayoría de ministras, hubiera un modo femenino de hacer política

Hay actividades en las que estas diferencias de género no deben influir. No hay una física nuclear femenina y otra masculina, ni una ingeniería masculina y otra femenina. Sin embargo, puede haber diferencias en el modo de intentar resolver problemas humanos. Desde la infancia, por ejemplo, las niñas tienen más interés y habilidad negociadora que los niños. Y de mayores, por regla general tienen menos afán en mantener su ego por encima de todos. Ortegacomentaba que Unamuno aparecía en las tertulias del Ateneo de Madrid, y “soltaba en medio su yo como un ornitorrinco”. Una postura muy masculina y muy castiza.

Componente hormonal

Me gustaría saber a qué tipo de actividad pertenece la política o el arte de gobernar. ¿Podríamos hablar de un estilo femenino y otro masculino? ¿Hay diferentes actitudes ante el poder? Se ha repetido con frecuencia que hay un componente hormonal en el deseo de dominar, pero casi siempre se refería a un modo violento de ejercerlo. Lo cierto es que no conozco ningún estudio serio sobre este tema. La bibliografía reciente sobre ‘political brain’ o ‘political mind’ habla de las influencias caracteriológicas e inconscientes que determinan las preferencias políticas, pero no dice nada sobre la influencia del sexo.

Teresa Ribera posa junto a Marie Christine Marghem. (EFE)
Teresa Ribera posa junto a Marie Christine Marghem. (EFE)

Menciono ‘sexo’ en vez de ‘género’, porque esta última noción incluye la cultura, y lo que nos interesa conocer es la etapa previa. En el campo del ‘management’ empresarial hay más estudios sobre el modo de gestionar femenino, pero no me parecen lo suficientemente sistemáticos. Tal vez se deba a desconocimiento mío, por lo que les agradeceré que me envíen información que pueda corregir mi ignorancia.

Se lo preguntaré, además, a mi amigo Juan Carlos Cubeiro, que es quien mas sabe de ese asunto. Las biografías que conozco de mujeres que han alcanzado el gobierno no muestran diferencias en el modo de gobernar. Tal vez pondría el caso de Elsa Forneroministra de Trabajo de Italia, que al explicar los recortes se echó a llorar. Supongo que quiso expresar que los recortes eran necesarios, pero que eran una tragedia.

Ética de la justicia o del cuidado

Hace años, tuvo gran importancia el libro de Carol Gilligan ‘In a different voice: psychological theory and women’s development’ (Harvard University Press, Cambridge, 1982). Defendía un modo femenino de tratar problemas morales y políticos. Por un lado encontramos lo que se ha denominado ética de la justicia, definida como aquel conjunto de teorías que, desde Kant, establecen como eje vertebral las normas o principios universales. Y por otro tenemos la denominada ética del cuidado que reivindica la importancia de tener en cuenta la diversidad, el contexto y la particularidad.

La atribución del “cuidado” a la mujer ha forzado muchas situaciones injustas, en que el hombre se sentía justificado para no cuidar a nadie

Esta concepción de la moral se preocupa por la actividad de dar cuidado, centrar el desarrollo moral en torno a la comprensión de la responsabilidad, de las relaciones y de la compasión. En cambio, la concepción de moralidad como imparcialidad relaciona el desarrollo moral con la comprensión de los derechos y reglas. Esta teoría suscita recelos en España, porque la atribución del “cuidado” a la mujer ha forzado muchas situaciones injustas, en que el hombre se sentía justificado para no cuidar a nadie. Sin embargo, a pesar de estas malversaciones conceptuales, creo que necesitamos una ‘ética del cuidado’ que complete la frialdad de la justicia. Los juristas romanos ya lo comprendieron y desarrollaron el concepto de “humanitas”. Imaginen las diferentes respuestas que ambas actitudes darían al trágico problema de la migración.

Política femenina

Por todo lo dicho, desearía que, en vez de un gobierno masculino con mayoría de ministras, hubiera un modo femenino de hacer política, absolutamente necesario en un panorama encabronado, donde no chocan los trenes, sino los egos. En una antigua zarzuela que escuché mucho en mi infancia, se cantaba: “Si las mujeres mandasen/en vez de mandar los hombres/ serían balsas de aceite/los pueblos y las naciones”.

A estas alturas de mi vida, no soy tan optimista, pero creo que merecemos la oportunidad de comprobar si esa utopía es cierta. Aristófanes, en Lisístrata, una comedia desvergonzada, divertida y actual, defiende la misma idea. El primer paso del benéfico gobierno de las mujeres, dice Lisístrata, debe ser controlar el dinero público. Por eso me ha parecido tan simbólico que el ministerio de Hacienda lo ocupe una mujer. Anotación al margen: los estudios dicen que la salvación de los países en desarrollo es que la gestión económica la lleven las mujeres. Grameen Bank y su política de microcréditos va en ese sentido.

Espero que este gobierno sea de transición. No por su duración, sino por su enfoque. Ojala pudiéramos probar un gobierno femenino, con un estilo de gobernar femenino, en el que, por supuesto, colaborasen algunos hombres.

El Confidencial

12 de junio de 2018

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