La revolución de los lectores

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¿Cómo se constituye actualmente el ‘espacio público’? ¿Cuál es la calidad de la información y de los lectores? Internet fue considerado el gran instrumento de libertad. ¿Es así?

La Ciencia de la evolución de las culturas, de la que tanto les hablo, muestra cómo se fue consolidando la ‘esfera pública’, es decir, el campo en que los ciudadanos pueden informarse y debatir sobre los asuntos que les afectaban. Eso exige, en primer lugar, la ‘publicidad’ de los asuntos públicos y unas adecuadas redes de difusión. Pero, en segundo lugar, un número adecuado de lectores capaces de leer esa información y, a partir de ella, ejercer lo que el gran Kant denominaba “uso público de la razón”. No se trata de razonar sobre las propias creencias y opiniones, eso también lo hacía la teología, sino de esforzarse por encontrar verdades o principios universales en un espacio de libertad. No es verdad que todas las opiniones sean respetables. Las hayestúpidas, fanáticas o asesinas. Lo que es respetable es el ‘derecho a opinar’, que es cosa muy diferente.

La ‘esfera pública’ se fue constituyendo a lo largo de los siglos XVII y XVIII, en parte por la extraordinaria difusión de la imprenta. La revoluciones americana y francesa fueron hechas por lectores. Es asombrosa la cantidad de publicaciones —libros, periódicos, pasquines, panfletos— que vieron la luz en esos años. En 1642 se publicaron mas de 2.000 obras en Inglaterra. En España, en la década de 1630, el historiador José Pellicer de Ossau creó una ‘agencia de noticias’ clandestina. Utilizaba un equipo de escribanos para enviar avisos a corresponsales de otras provincias, que a su vez le enviaban noticias e informes. Muchos gobiernos intentaron limitar esta proliferación de lectores. La Junta de Reformación pidió a Felipe IV que “en pueblos y lugares pequeños donde en fechas recientes se han instalado estudios de gramática, que se supriman porque con la facilidad que su proximidad permite, muchos labradores envían a ellos a sus hijos y los sacan de sus ocupaciones, en las cuales nacieron y se criaron y a la cuales deben destinarse”.

El siglo XX fue destructivo para el ‘espacio público’ porque se implantaron poderosos sistemas para influir en la opinión pública

La ‘esfera pública’, que en principio fue creciendo espontáneamente, pronto fue utilizada políticamente por su enorme influencia. Los impresores catalanes publicaron en la década de 1640 más de lo que nunca habían publicado, y no alcanzaron una producción semejante hasta mediados del siglo XIX. El movimiento catalanista rebelde contra la monarquía gastó en esos años el 5% de su presupuesto de guerra en imprimir propaganda “para informar a los catalanes, hombres y mujeres, viejos y jóvenes, de la verdadera situación actual, para que puedan distinguir entre la verdad y la mentira”.

El siglo XX fue destructivo para el ‘espacio público’, porque se implantaron poderosos sistemas para influir en la opinión pública. El procedimiento era aparentemente democrático. La democracia se basa en la opinión pública, luego intentar convencer a la opinión pública o moldearla es un procedimiento rigurosamente democrático. Pero esto solo es así cuando cada ciudadano tiene la capacidad de resistirse críticamente a los mecanismos adoctrinadores. Los teóricos lo afirmaron con inigualable cinismo. Edward Bernays, importante figura de la industria de las relaciones públicas, escribió en 1928: “La manipulación consciente e inteligente de los hábitos y opiniones organizados de las masas es un elemento importante en una sociedad democrática. Son las minorías inteligentes las que precisan recurrir continua y sistemáticamente al uso de la propaganda”. Después de la Primera Guerra Mundial, el Ministerio de Información británico definía secretamente su labor como “dirigir el pensamiento de la mayor parte del mundo” .

Quince años después, el influyente Harold Lasswell explicó en la ‘Encyclopaedia of the Social Sciences’ que cuando las élites carecen del requisito de la fuerza para obligar a la obediencia, los administradores sociales deben recurrir a una técnica totalmente nueva de control, en gran parte a través de la propaganda. “Un sistema de adoctrinamiento que funciona correctamente tiene varias tareas, algunas de ellas bastante delicadas. Uno de los objetivos son las masas estúpidas e ignorantes. Deben mantenerse así, desviadas con hipersimplificaciones emocionalmente potentes, marginalizadas y aisladas. (…) Así, luego, se les puede permitir, incluso alentar, ratificar las decisiones de los que son mejores que ellos en elecciones periódicas”.

Con esta introducción histórica, solo pretendo acercarme al presente. ¿Cómo se constituye actualmente el ‘espacio público’?¿Cuál es la calidad de la información y de los lectores? Cuando apareció internet, muchos lo consideraron el gran instrumento de libertad. Todo el mundo podía expresar públicamente su opinión. Y el número de seguidores de cada una de ellas se estableció como criterio de evaluación. Un ‘trending topic’ se tomó como un plebiscito efímero. Cuando aparecieron las redes sociales, pareció que se había alcanzado la democracia perfecta. Los antiguos griegos consideraban que la democracia debía cumplir dos condiciones: isonomía (igualdad ante la ley) e isegoria (la capacidad de hablar en igualdad de condiciones). Las redes permitían esta igualdad. Pronto se descubrió que no funcionaban así. Las redes tienen mecanismos internos asimétricos, se mueven en distintas capas, y son manipulables. Pero continúan siendo una poderosísima herramienta política. Sin embargo, han sufrido una deriva que me preocupa. De reconocer la importancia del conocimiento compartido hemos pasado a afirmar que la “sabiduría está en la red”. Nadie tiene todo el conocimiento, lo que quiere decir que el saber está distribuido.

La crítica que hago al sistema de redes es que no considera relevantes los nodos: productores y usuarios de redes, lectores, ciudadanos, personas

Lo malo es que esa afirmación, que es cierta, no nos dice ni cómo reconocemos ese saber compartido, ni cómo nos podemos aprovechar de él ni cómo podemos evaluarlo. Antonio Machado lo descubrió hace muchos años: “Nadie sabe ya lo que se sabe, pero todo el mundo sabe que de todo hay quien sepa”. Los liberales piensan que el mercado permite aprovechar la información distribuida en los consumidores. Es verdad, porque permite dirigir la producción con más sensatez que una planificación estatal de la economía. Pero ¿eso vale también para el ámbito político, científico o moral? La crítica que hago al sistema de redes es que no considera relevantes los nodos, es decir, los productores y usuarios de las redes, los lectores, los ciudadanos, las personas. Todos resultan intercambiables y superfluos. La sabiduría está en el sistema, no en los nodos. Se produce así una glorificación de la comunicación con independencia de lo comunicado. Estamos ante una nueva ‘revolución de los lectores’, y yo me pregunto: ¿pero de qué lectores? Tengo la convicción de que el valor de una red no puede ser superior al valor de los nodos que la componen, y que, por lo tanto, un objetivo político irrenunciable es mejorar el valor de esos nodos, asunto del que ha de ocuparse la educación. No olvidemos que puede haber redes de excelencia y redes canallas, redes inteligentes y redes estúpidas.
El Confidencial, 17 de junio de 2018

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