Historia y Psicología

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Los acontecimientos históricos tienen su origen en la acción humana, que siempre es un fenómeno individual. Sin embargo, es evidente que el sujeto está siempre incluido en redes sociales, emocionales y de poder, que determinan más o menos profundamente sus decisiones personales. Pero, como ya señaló Durkheim “las necesidades y deseos que determinan la formación de las sociedades han emanado del individuo; y si todo viene de él, necesariamente todo ha de ser explicado por él”, de aquí “que las leyes sociológicas sólo puedan ser un corolario de las leyes psicológicas generales”. También Lévi-Strauss pensaba que la sociología es sólo una etapa de la psicología. En 1957, el profesor de Harvard W. L. Langer, presidente a la sazón de la American Historical Association, señaló que en ese momento el objetivo prioritario de los historiadores debería ser profundizar el conocimiento del pasado, utilizando los conocimientos de la psicología. Sin embargo, pensaba que el psicoanálisis era la teoría psicológica más completa, lo que hizo que hizo que los intentos de interpretar psicológicamente los hechos históricos no tuvieran mucha relevancia.

El reconocimiento del interés por la psicología no ha sido llevado a la práctica por los historiadores. Cuenta Lloyd de Mause, como anécdota ilustrativa de esa actitud general, que en los tres gruesos tomos de Runciman sobre la Historia de las cruzadas sólo hay una página donde se dice algo acerca de los motivos que indujeron a los cruzados a ir a unas guerras que habrían de durar varios siglos. Las motivaciones, el espíritu, la mentalidad, las actitudes que movieron a esas gentes a recuperar por la fuerza unas viejas reliquias, apenas si se mencionan en una obra que dedica cientos y cientos de páginas a describir trayectos, contar batallas, comentar alianzas, esto es, a decirlo todo acerca del cómo y del qué, y casi nada acerca del porqué. Por lo tanto, no podía comprender ese colosal suceso histórico.

Los intentos innovadores y brillantes de la “historia de las mentalidades” pretendieron llenar este vacío. Ferdinand Braudel pensaba que los factores que intervienen en la aparición de una civilización son la geografía, la sociedad, la economía y, al final, la psicología colectiva. “En cada período una cierta visión de la realidad, una mentalidad colectiva domina la masa de la sociedad. Dicta las actitudes sociales, guía sus elecciones, confirma sus prejuicios y dirige sus acciones. Más que un accidente de las circunstancias históricas y sociales, de un periodo, deriva del pasado lejano, de antiguas creencias, miedos y ansiedades que son casi siempre inconscientes, una inmensa contaminación cuyos gérmenes se han perdido para la memoria pero que se transmiten de generación en generación. Las reacciones de una sociedad a los eventos del día, a la presión, a las decisiones que se tienen que enfrentar, son menos un asunto de lógica o incluso de autointerés que la respuesta a una inexpresada y frecuentemente inexpresable compulsión que emerge del inconsciente colectivo”.

Henri Berr, fundador en 1900 de la Revista de Síntesis Histórica, insistía en que la historia es la psicología misma, el nacimiento y desarrollo de la psique. Dos de sus alumnos jóvenes, Lucien Febvre y Marc Bloch se encargaron de realizar ese proyecto. Bloch escribió, hablando de la servidumbre medieval, que “siendo las instituciones humanas realidades de orden psicológico, una clase no existe sino por la idea que alguien se hace de ella”. La historia de las mentalidades intentó (1) incorporar la psicología científica de modo metódico a la reconstrucción y comprensión del pasado, (2) reaccionar contra la historia interesada solo en las estructuras, y (3) resolver desde la historia alguno de los interrogantes del presente.

Ahora conocemos mejor la acción humana, los componentes racionales e irracionales de la decisión, los mecanismos psicológicos del poder, los cambios que se producen cuando los individuos se encuentran en estado de masa. En Biografía de la humanidad hay ya un esbozo de historia pasional. La convivencia está dirigida por las emociones. Según Montesquieu, el principio de todo gobierno son las pasiones humanas que lo ponen en movimiento, “el de la monarquía, el honor y el del despotismo, el temor” (Del espíritu de las leyes, III, 1 y 11). Como ha escrito Drew Westen, “el cerebro político es un cerebro emocional. No es una máquina de cálculo desapasionada, que busca objetivamente los hechos, datos y políticas correctas para tomar una decisión razonada” (The Political Brain). Ese omnipresente motor afectivo de la conducta humana que son las emociones ha estado actuando permanentemente en la historia. A nadie se le oculta el papel del miedo. La humanidad ha temblado ante los tres grandes miedos:al hambre, a la guerra, a la peste.

Hay, en efecto, otras emociones con protagonismo histórico. Daniel Chirot ha estudiado el papel del resentimiento en las guerras del siglo XX y Fattah y Fierke el resentimiento islámico. Hace muchos años, Gregorio Marañón interpretó la vida del emperador Tiberio como el triunfo del resentimiento, y Arias Maldonado ha hablado del resentimiento y la democracia (La democracia sentimental).  Liah Greenfeld, en Nationalism: Five roads to modernity, (Cambridge, Harvard University prss,1992), defiende que el principio que ha regido el nacionalismo en el mundo moderno ha sido el ressentiment, que, según ella, es la senda de Nietzsche.  Consiste en “un estado psicológico fruto de reprimir los sentimientos de envidia y odio (envidia existencial) y a imposibilidad de satisfacer dichos sentimientos (.15).

 La humanidad ha temblado ante los tres grandes miedos: al hambre, a la guerra, a la peste.

La historia muestra los terribles efectos de la desconfianza. La guerra puede derivar tanto del miedo a ser objeto de un ataque como del ataque real. Ya Tucídides vio en esto la verdadera causa de la guerra del Peloponeso: “Lo que hizo inevitable la guerra fue el crecimiento del poder ateniense y el miedo que esto provocó en Esparta”. Thomas Hobbes, que tradujo a Tucídides y que observó la guerra civil que estalló en Inglaterra, estaba de acuerdo: “De esta desconfianza recíproca no tiene el hombre manera más razonable de asegurarse que mediante la anticipación, es decir, por la fuerza, o la astucia, para dominar la voluntad de todos los hombres que pueda, hasta que no vea ningún otro poder tan grande como para que constituya un peligro para él”. Este fue uno de los sentimientos que desencadenaron la I Guerra Mundial. A pesar del enramado de acuerdos y alianzas, nadie se fiaba de nadie.

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