¿Cómo mueren las democracias?

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Es especialmente preocupante el hecho de que gente joven educada en países democráticos empiece a pensar que tal vez un régimen autoritario no sería tan malo

Cuando la Unión Soviética colapsó, la democracia liberal pareció quedar como único jugador en el tablero políticoFrancis Fukuyama señaló el “final de la evolución política de la humanidad”, porque se había alcanzado la forma definitiva de gobierno humano. En ‘Biografía de la humanidad‘, hemos llegado a la misma conclusión, pero con una cautelosa advertencia. Una de las enseñanzas incómodas de la historia es que avances que parecían seguros pueden desaparecer. La democracia moderna se ha expandido en tres olas. De 1828 a 1926; de 1945 a 1960, y a partir de 1974, con la Revolución de los Claveles. En esta tercera ola se encuentra la democracia española. Las dos primeras se frenaron con la emergencia de movimientos dictatoriales y autoritarios en muchos países, y empieza a preocupar la idea de que pudiera suceder lo mismo con la tercera. Muchos politólogos están alarmados y piensan que la marcha hacia la democracia se ha detenido y que podemos volver a 1930. Me resulta especialmente preocupante el hecho de que gente joven educada en países democráticos empieza a pensar que tal vez un régimen autoritario no sea tan malo, a la vista de la incapacidad de las democracias para resolver los problemas.

Comentaré dos libros aparecidos sobre este tema, que resultan esclarecedores para la actual situación española. El primero, ‘How Democracy Ends‘, de David A. Runciman. No tiene una visión apocalíptica de la situación, y critica a los que ven fascismos por todas partes, pero comparte la común idea de que la democracia representativa no lo está haciendo bien, y que el mayor peligro está en pensar que la democracia está garantizada, lo que puede provocar que se desintegre desde dentro. Los golpes de Estado, indica, ya no se dan a la vieja usanza, con un golpe militar. Es más verosímil que ocurran minando invisiblemente las democracias desde dentro. Por eso es cada vez más difícil detectar lo que está sucediendo.

Los políticos que tienen éxito son los que manejan mejor las redes, como Trump, Corbyn o MacronCompara la situación de Grecia en 1967, cuando hubo un golpe militar visible, y en 2015, el año del referéndum sobre si se aceptaban las directrices de la UE. “Cada vez es más difícil decidir lo que es un golpe de Estado y lo que es la política normal”. Estudia la influencia de la revolución digital, que apareció como una tecnología políticamente liberadora y está teniendo algunas consecuencias perjudiciales para la democracia. Me ha recordado dos obras de Jaron Lanier, un afamado tecnólogo: ‘Contra el rebaño digital’ y ‘Diez razones para borrar tus redes sociales inmediatamente’. Runciman piensa que animan a una gratificación inmediata, mientras que la democracia presupone una capacidad para soportar la frustración y la paciencia. El populismo es la condición natural de la política democrática en la era de Twitter. Los políticos que tienen éxito son los que manejan mejor las redes, como TrumpCorbyn Macron.

La erosión de las instituciones

El segundo libro que quiero comentar es ‘Cómo mueren las democracias‘, de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, recién publicado por Ariel. Su tesis es semejante a la del libro anterior. Las democracias pueden terminar de dos maneras: por golpes militares o a manos de líderes electos que subvierten el proceso mismo que les condujo al poder. Esto puede suceder a toda prisa, como hizo Hitler después del incendio del Reichstag en 1933, pero “más a menudo, las democracias se erosionan lentamente, en pasos apenas apreciables”. Los expertos en derecho constitucional Aziz Huq y Tom Ginsburg llaman a esta forma de quiebra democrática “regresión constitucional” (“How to Lose a Constitutional Democracy”, ‘UCLA Law Review’ 65, 2018). Desde finales de la Guerra Fría, la mayoría de las quiebras democráticas no las han provocado militares, sino los propios gobiernos electos. Como Chávez en Venezuela, dirigentes elegidos por la población han subvertido instituciones en Georgia, Hungría, Nicaragua, Perú, Filipinas, Polonia, Rusia, Sri Lanka, Turquía y Ucrania. En la actualidad, el retroceso democrático empieza en las urnas.
Muchas personas piensan que siguen viviendo en una democracia, sin darse cuenta de que las instituciones se están erosionando. El historiador Niall Ferguson lo ha explicado en ‘La gran degeneración’. Lo que preocupa a Levitsky y Ziblatt es si EEUU está en esa situación. “Debemos aprender de otros países a detectar las señales de alerta y a identificar las falsas alarmas. Debemos ser conscientes de los fatídicos pasos que han hecho naufragar otras democracias. Y debemos apreciar cómo la ciudadanía se ha alzado para afrontar las grandes crisis democráticas del pasado y superado las propias divisiones profundamente arraigadas para evitar la quiebra de la democracia. La historia no se repite, pero rima. Ojalá descubramos las rimas antes de que sea demasiado tarde”.

Los autores intentan describir los procedimientos que van erosionando las instituciones desde dentro. Mencionaré dos. En primer lugar, lo que llaman “alianzas fatídicas”, mediante las que personalidades con prestigio aúpan al poder a figuras autoritarias. Rafael Caldera ayudó a Chávez, que estaba en la cárcel por haber intentado dos golpes militares. Se refieren en varias ocasiones al trabajo pionero de nuestro compatriota Juan José Linz, catedrático de Yale, que estudió el tema en su obra ‘La quiebra de las democracias’ (1978). Según Linz, la defunción de muchas democracias puede retrotraerse a la “afinidad mayor que un partido básicamente orientado al mantenimiento de un sistema muestra con los extremistas que están a su lado del espectro político, en vez de con los partidos moderados del sistema al otro lado del espectro”. Le parecía importante aislar a los extremistas en lugar de legitimarlos. “Cuando los extremistas se postulan como serios contrincantes electorales, los partidos moderados deben forjar un frente común para derrotarlos”, deben mostrar su “voluntad de unirse a grupos ideológicamente distantes pero comprometidos a salvar el orden político democrático”.

Cuando líderes populistas ganan las elecciones, suelen asaltar las instituciones democráticas

El segundo peligro, dicen Levitsky y Ziblatt, es que “la ciudadanía suele tardar en darse cuenta de que la democracia está siendo desmantelada, aunque ello suceda a ojos vistas. Una de las grandes ironías de por qué mueren las democracias es que la defensa de la democracia suele esgrimirse como pretexto para su subversión”. Los autores estudian el caso del presidente filipino Ferdinand Marcos y el del peruano Fujimori. “Los populistas tienden a negar la legitimidad de los partidos establecidos, a quienes atacan tildándolos de antidemocráticos o incluso de antipatrióticos. Les dicen a los votantes que el sistema existente en realidad no es una democracia, sino que está siendo secuestrada o manipulada por la élite. Y les prometen enterrar esa élite y reintegrar el poder al pueblo. Este discurso debe tomarse en serio. Cuando líderes populistas ganan las elecciones, suelen asaltar las instituciones democráticas”. La historia se repite. Hamilton, uno de los padres fundadores de Estados Unidos, escribió en ‘El Federalista’: “La historia nos enseña que casi todos los hombres que han derrocado las libertades de las repúblicas empezaron su carrera cortejando servilmente al pueblo; se iniciaron como demagogos y acabaron en tiranos”.

No quiero alargar más este artículo, pero como el libro me ha parecido extraordinariamente interesante y oportuno, he hecho un resumen que pueden ver en Genealogía del presente‘.
El Confidencial, 6 de noviembre de 2018

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