Lo que se Debe Enseñar en la Escuela

(La Razón)

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Los docentes, además de cumplir bien nuestro cometido profesional, deberíamos sentirnos la «conciencia educativa de la sociedad», es decir, encargarnos de observar, reflexionar, investigar para poder informar a la ciudadanía sobre la mejor manera de proteger el futuro de nuestros alumnos. «Para educar a un niño hace falta la tribu entera», dice un proverbio que me gusta repetir, y del que emana una consecuencia: para educar «bien» a un niño y hace falta una «buena». Para ello conviene que el debate educativo sea claro, público e ilustrado. No nos podemos dejar llevar de corazonadas de ningún tipo. Hay que plantearse tres preguntas fundamentales: ¿qué hay que enseñar? ¿Cómo hay que hacerlo? ¿Quién debe hacerlo? Hoy quiero tratar sólo la primera cuestión, muy presente en el debate nacional, centrándome en la educación obligatoria, la que todos los jóvenes españoles tienen que recibir hasta los dieciséis años.

¿Qué debemos enseñar? ¿Quién debe decidirlo? ¿Con qué criterios? Ninguna de estas preguntas es fácil de responder. La Constitución española encomienda a la educación «el pleno desarrollo de la personalidad humana», pero ¿eso qué quiere decir? También prescribe «el respeto a los principios democráticos de convivencia». Los currículos son decididos por los gobiernos. La LOGSE estableció que «el Gobierno fijará, en relación con los objetivos, expresados en términos de capacidades, contenidos y criterios de evaluación de currículo, los aspectos básicos de éste que constituirán las enseñanzas mínimas, con el fin de garantizar una formación común de todos los alumnos y la validez de los títulos correspondientes. Los contenidos básicos de las enseñanzas mínimas en ningún caso requerirán más del 55% de los horarios escolares para las comunidades autónomas que tengan lengua oficial distinta del castellano, y del 65% para aquellas que no la tengan». Sin embargo, la Constitución afirma que los padres deben decidir la formación moral y religiosa de sus hijos, de modo que parece reconocerles alguna competencia en estos temas. Por otra parte, parece lógico que sean expertos en educación los encargados de redactar el contenido de los currículos de acuerdo con los criterios adecuados.

Hay competencias cuyo contenido corresponde determinar a los técnicos en la materia, por ejemplo, las científicas. Pero hay otras materias más conflictivas: la religión y la moral, por ejemplo. Hoy quiero mencionar una de palpitante actualidad en España: la Historia. ¿Debe enseñarse como ciencia o debe utilizarse para fomentar la identidad nacional? En España, tenemos una larga tradición de instrumentalización política de la Historia. En septiembre de 1938 se decretó la reforma de la enseñanza secundaria, siendo ministro Pedro Sainz Rodríguez. Al señalar los contenidos de la asignatura «Historia», la Ley dice: «La revalorización de lo español, la definitiva extirpación del pesimismo antihispánico y extranjerizante, hijo de la apostasía y de la odiosa y mendaz leyenda negra, se ha de conseguir mediante la enseñanza de la Historia Universal (acompañada de la Geografía) principalmente en sus relaciones con la de España. Se trata así de poner de manifiesto la pureza moral de la nación española, la categoría superior, universalista, de nuestro espíritu imperial, de la hispanidad, según concepto felicísimo de Ramiro de Maeztu, defensora y misionera de la verdadera civilización, que es la cristiandad» (BOE 23-9-1938). También se imponía que la enseñanza de la filosofía debía reducirse al sistema tomista, único que aseguraba la formación integral del alumnado.

Disparates como éste deberían hacernos desconfiar de toda utilización política de la historia. La historia no puede ser sectaria, ni fragmentada, ni reivindicativa. Necesitamos una visión global y cosmopolita, que nos permita comprender la dinámica de los conflictos, la búsqueda humana de soluciones, los fracasos y éxitos de la humanidad. Pero ¿no debe la Historia forjar la identidad de una nación? ¿La educación no tiene como objetivo prioritario transmitir, defender, proteger la cultura nacional? éste es un tema complejo, que me parece importante plantear, precisamente, desde la educación. La idea de ligar «identidad», «cultura» y «educación» fue un invento de los filósofos alemanes del XIX, en especial de Herder y Fichte. En el siglo XX los siguieron los llamados «comunitaristas». Todos afirmaban una cosa verdadera –«los individuos siempre nacen en una cultura»– y otra discutible –«por lo tanto reciben su identidad esencial de la pertenencia a esa cultura y deben ser sus servidores»–. La cultura se convirtió en sujeto de derechos y también en el núcleo definitorio de una nación moderna, porque la noción de «pueblo» resultaba demasiado confusa. A partir de ahí era fácil inferir que toda cultura/ nación tiene derecho a que su existencia autónoma sea protegida y, para ello, nada mejor que dotarla de la fuerza coactiva de un Estado. La educación, en consecuencia, debe ponerse al servicio de la cultura, es decir, de la nación, es decir, del Estado.

Sería un estúpido si pensara que tengo la solución de tan complejo asunto. Pero desde el punto de vista educativo se me ocurren algunas objeciones. La primera de ella, que relaciona la identidad con la pertenencia a una cultura/ nación/ Estado, es una idea reductora y, como la Historia demuestra, puede ser peligrosa. Necesitamos una identidad superior –la llamaré ética– que permita la colaboración entre culturas y, también, la crítica de las culturas. Para ello necesitamos una educación transcultural a todos los niveles. Sin embargo, no parece conveniente un total desarraigo identitario. Somos, ciertamente, ciudadanos del mundo en el plano ético, pero habitantes de una ciudad en el terreno de las responsabilidades cotidianas. Es a través de la comunidad a la que pertenezco como debo ejercer en primera instancia mis deberes éticos universales. La nación, desde este punto de vista, es un modo peculiar de colaborar a la construcción de un mundo justo, de una comunidad transnacional. Conclusión educativa: debemos estudiar una Historia universal y cosmopolita para desde ella llegar a nuestra Historia nacional. Hay que hacer una «crítica de las culturas», porque no todas son igualmente valiosas. Por último, debemos suscitar en nuestros alumnos una responsabilidad ética universal, pero que debe ejercerse expansivamente desde nuestra radicación nacional.

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