La Valentia

(Tiempo)

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La cobardía nos devasta a todos, por eso debemos emprender una educación de la valentía, a todos los niveles. Eso es lo que he pretendido hacer en mi último libro Los miedos y el aprendizaje de la valentía. El miedo, que en origen es una emoción beneficiosa porque detecta el peligro y nos dispone para afrontarlo, en el ser humano se vuelve con frecuencia exagerado o patológico, siendo entonces un grave obstáculo para la vida. Por eso, debemos luchar contra esos temores disfuncionales. Ahora sabemos que en su gran mayoría son aprendidos, por lo que hay que iniciar  una campaña de antipedagogía del miedo. Hay que desmontarlo. Afortunadamente contamos con la metodología para hacerlo. También deberíamos desacreditar a los que instrumentalizan el miedo, a los que “meten miedo”. El temor es fácil de provocar. Solo tienen que hacer un ligero análisis de su entorno para descubrir quiénes están utilizándolo con ustedes, o con quién lo están ustedes utilizando. Durante siglos, las relaciones de familia, la educación, la religión, la política se han basado en el miedo. “Es terrible que el pueblo pierda el miedo”, exclamó Baruch Spinoza, un pacífico filósofo. La valentía ha sido una virtud admirada a lo largo de la historia en todas las culturas. No es la ausencia de miedo.

Esto es temeridad, de la que, en cambio, se ha desconfiado siempre. Valiente es el que mantiene una meta valiosa a pesar del riesgo, el esfuerzo o la dificultad que entrañe. Puede darse en todas las dimensiones vitales. Paul Tillich, un gran teólogo, escribió un bello libro titulado El coraje de existir, en el que hablaba, precisamente de la constante situación de riesgo en que todos vivimos. Pero hoy quiero comentarles un tipo especial de valentía sobre el que se han publicado en los últimos tiempos varios libros en Estados Unidos: la moral courage, la valentía moral, la que demuestran los que, por motivos éticos, actúan a pesar del miedo. El desencadenante de este interés ha sido la crisis económica interpretada como un crisis moral. Los autores detectan que se ha producido una cierta cobardía moral, que incita a mirar para otro lado, eludir responsabilidades, buscar excusas, no a enfrentarse. Todos quisiéramos que se ocupara alguien de hacerlo, pero cada uno tiene sus propias razones para no intentarlo. Sabemos por experiencia que quien se atreve a denunciar puede sufrir represalias dolorosas. Y, sin embargo, admiramos a quien movido por su sentido del deber se arriesga.

En las Olimpiadas de Shanghai, el abanderado del equipo chino iba acompañado de un niño de 9 años llamado Lin Hao. Era el reconocimiento a su moral courage. Su escuela fue destruida por un terremoto. Lin Hao se salvó, pero al darse cuenta de que dos de sus compañeros habían quedado en clase, volvió por ellos. Cuando le preguntaron por qué se había arriesgado tanto, dio una explicación conmovedora por su sencillez: “Ese día yo era el monitor de la clase y tenía que cuidar de todos”.

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