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La hora de los docentes

Mañana es el Día Mundial del Docente, cuyo objetivo es llamar la atención de la sociedad sobre una profesión que está rediseñándose. Hace unos meses, la portada de una revista de difusión mundial titulaba: «El mejor profesor del mundo». Se refería a Salman Kahn, fundador de la Kahn Academy, una academia gratuita a través de internet, que tiene dos millones de alumnos. Universidades de todo el mundo están ofreciendo cursos on line, o colgando sus clases para que puedan ser utilizadas gratuitamente. Grandes empresas han descubierto que la educación va a ser el nuevo negocio del billón de dólares (Forbes lo llama el negocio del Cociente Intelectual). ¿Qué está pasando? Un fenómeno desconocido hasta ahora. Decimos continuamente que hemos entrado en la «era del conocimiento», pero eso es verdad a medias. Donde hemos entrado realmente es en la «era del aprendizaje». En un mundo que cambia velozmente, que cada vez exige más, pero que también ofrecerá más posibilidades para quien sepa aprovecharlas. Ambas cosas hacen necesario el aprendizaje a lo largo de toda la vida. No sólo en la escuela, sino en el trabajo, en la convivencia diaria, en la política, en la vejez. Cuando el ritmo de las sociedades era más lento, la educación se encargaba de transmitir los conocimientos de una generación a otra. Las técnicas no cambiaban, los hijos heredaban los oficios de los padres. Ahora las cosas son distintas, porque una misma generación va a tener que reeducarse continuamente. No es de extrañar el éxito que tienen las palabras que empiezan con «re»: reinventarse, renovarse, resetearse, reescribirse, regenerarse. La moda de los coachers, de los entrenadores personales, no es más que una consecuencia de esta nueva situación. Necesitamos despertar en nuestra nación la pasión por el aprendizaje, para no quedarnos marginados.

Pues bien, en esta nueva era, los docentes que trabajamos en la escuela vamos a tener un protagonismo especial, vamos a ser los motores del progreso, también del progreso económico, porque somos los especialistas en aprendizaje. Recuerdo la anécdota de un profesor de pedagogía americano que el primer día de clase dijo a sus alumnos, futuros maestros: «He dedicado este verano a enseñar a hablar a mi perro. Está ahí fuera. Si quieren puede hacerles una demostración». Los alumnos por supuesto asintieron. El perro entró, se tumbó y el tiempo pasó sin que dijera palabra alguna. Al fin un alumno protestó: «Profesor, su perro no habla». El profesor contesto: «Yo les dije que había enseñado a hablar a mi perro. No que mi perro hubiese aprendido. No olviden eso en el futuro. Nuestra profesión no es enseñar, sino conseguir que aprendan».

Al decir que los docentes, los maestros, los profes, vamos a ser el motor del progreso económico, no estoy diciendo una de esas frases retóricas que todo el mundo aplaude, pero nadie cree. Sobre todo en España, donde, a pesar de los titulares, la educación preocupa muy poco, como demuestran una y otra vez las encuestas del CIS, sobre las preocupaciones de los españoles. Raj Chetty, del Departamento de Economía de la Universidad de Harvard, ha mostrado que la calidad del profesor determina el sueldo futuro de sus alumnos. Hanushek, Rockoff, Metzler y otros autores han corroborado los datos. Por su parte, James Heckman, premio Nobel de Economía, ha demostrado que la inversión en la enseñanza infantil y primaria es la que produce unos retornos económicos más elevados a la sociedad. La calidad de la escuela es fundamental para el progreso personal y social, y todos los estudios nos dicen que la calidad del profesorado es lo que determina la calidad de un sistema educativo. El informe McKinsey de 2007 sobre los países que han conseguido sistemas educativos de alto rendimiento señala que «de forma constante atraen a la carrera docente a la gente más capacitada». Esto se logra por medio de un ingreso altamente selectivo en la carrera docente, procesos efectivos de formación de los aspirantes, y buenos salarios iniciales (aunque no extraordinarios).

En un estudio sobre la escuela finlandesa publicado por la Universidad de Columbia, se afirma que han sido los maestros los que han convertido la escuela en el foco del interés mundial que es hoy. Algunas de sus características resultan sorprendentes: el sistema finlandés no tiene inspecciones, ni somete a los alumnos a pruebas externas, los profesores tienen autonomía para elaborar sus currículos. Consideran fundamental que el trabajo en la escuela se base en la dignidad profesional y en el respeto social. El estatus del profesor es un factor decisivo. Por ejemplo, en Singapur y Corea del Sur las encuestas de opinión revelan que el público en general considera que los docentes realizan un aporte a la sociedad mayor que cualquier otra profesión. Y en Japón se piensa que los maestros infantiles merecen una consideración y un respeto extraordinarios. Hace unos meses, en un encuentro en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, Andreas Schleicher, director del PISA, decía que en España el profesor tiene muy poca autonomía. En esos países, los docentes son los encargados de mejorar el sistema, mejorando cada una de las escuelas. Para eso, los países preocupados por la educación distinguen entre los buenos y los malos profesores. En China, por ejemplo, hay cuatro niveles de profesorado, y los que quieren progresar tienen que demostrar que son capaces de mejorar su clase y su centro. En Canadá, se dedica mucho esfuerzo para que los profesores trabajen juntos, y destinan muchas horas para reciclarse y conocer lo que hacen otros docentes. En España, nunca se ha cuidado la formación del profesorado, ni se ha creado una carrera docente. Si no se premia a los buenos, acaba premiándose a los malos. La Universidad –obnubilada por la investigación– tampoco valora la docencia. Acabo de participar en un trabajo hecho por el Instituto Nacional de Evaluación Educativa sobre la formación en matemáticas de los alumnos de Magisterio en 17 países. El nivel de nuestros maestros es muy bajo. Pero hay un dato que a los investigadores extranjeros les ha debido escandalizar. El Prácticum, es decir, las prácticas en el aula, ocupa el 20% de los programas de Magisterio. Se cumple, pero ningún alumno suspende, luego se trata de un mero trámite. Eso no es culpa de los alumnos. Es culpa de sus profesores.

Escribo este artículo como catedrático de Educación Secundaria, y como tal voy a decir una cosa escandalosa. En España no hemos olvidado aún que los «docentes» pertenecían al servicio doméstico. Pues es hora de cambiar de óptica. Necesitamos que los maestros, los profesores, sean un cuerpo de élite. Por eso, me gustaría una revolución educativa desde el profesorado. Además de expertos en aprendizaje, somos la conciencia educativa de la sociedad, y debemos ser los primeros que nos exijamos más a nosotros mismos, para estar en condiciones de exigir a los demás. Sé que hay decenas de miles de extraordinarios docentes en nuestro país, que muchas veces se encuentran solos, maltratados o incomprendidos. Conozco a muchos de ellos. Pero me gustaría conocer a más docentes entusiastas.

En Estados Unidos se publican muchos libros sobre grandes profesores o sobre escuelas que han tenido éxito. El Premio al Mejor Maestro de EEUU tiene una relevancia excepcional. Cuando era ministra de Educación Esperanza Aguirre, le pedí que hubiera en España algo parecido. Sigue sin haberlo. Hemos de llevar a la escuela a los mejores y aplaudirles. Antonio Machado tuvo a Francisco Giner de los Ríos de maestro en el parvulario. Mientras los partidos políticos se entretienen en sus leyes educativas, estoy seguro de que docentes con talento pueden cambiar la educación. Y si la sociedad es lo suficientemente inteligente confiará en ellos y les apoyará. Contad conmigo. Es nuestra hora.

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