Emprender

(Tiempo)

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Hace unos días participé en un congreso sobre “emprendimiento en la escuela”, organizado por la fundación Príncipes de Girona. Me alegró mucho ver reunidos a doscientos de los mejores docentes de España, y también ver en primera fila a la Princesa de Asturias tomando notas, con esa tenacidad de alumna aplicada con que hace todo. Como las palabras y las ideas tienen sus modas, sus pleamares y bajamares, temo que el término “emprendimiento” acabe desgastándose de tanto utilizarlo a troche y moche. La palabra “emprender” ha sufrido una especialización injusta, como ha sucedido con “disciplina”, que significaba “aprender” y ha acabado significando “castigo”. Algo parecido sucedió con “ingenio”, capacidad amplísima, que ha derivado a “ingeniero”, el que utiliza su ingenio técnico. “Emprender” se utiliza fundamentalmente para actividades económicas. Nadie llamaría “empresario” al que investiga, escribe una novela o escala un monte. Y, sin embargo, todos ellos son emprendedores. Es este concepto el que intentamos introducir en la escuela. No tratamos de convertir las cabecitas de nuestros niños y niñas en cajitas registradoras jivarizadas, sino suscitar en ellos una actitud activa ante la realidad, el ánimo para enfrentarse con la situación y elaborar proyectos para salir de ella. Lo contrario de emprender es depender. “Emprender” es la virtud del inicio, así como “perseverar” es la virtud de la continuación. Y necesitamos fomentar ambas en nuestros jóvenes. ¿Podemos hacerlo? Sí. A la chita callando se están produciendo grandes cambios educativos. Ahora sabemos que hay muchas cosas que antes creíamos que eran innatas y ahora sabemos que son aprendidas.

El carácter, la creatividad, la voluntad, el miedo o la valentía, la iniciativa, la resistencia, el emprendimiento. El talento no está antes, sino después de la educación, que se convierte así, literalmente, en generador de talento. Con actos como el congreso de Gerona pretendemos dar a conocer esas posibilidades, para ver si conseguimos aprovecharlas en la escuela. La escuela ha sido siempre una institución lenta, y ahora tenemos entre todos que cambiar su velocidad de crucero.

Soy optimista. Una parte importante de esas posibilidades educativas que he mencionado tiene que ver con lo que se llama “funciones ejecutivas” de la inteligencia. Son las encargadas de controlar y dirigir la atención, mantener el esfuerzo, elaborar las metas, gestionar las emociones, configurar y utilizar la memoria, monitorizar y evaluar lo que se está haciendo. La Universidad Antonio de Nebrija me ha pedido que dirija una cátedra, financiada por Banco de Santander Universidad, para introducir esas funciones ejecutivas en los programas educativos a todos los niveles. El futuro de nuestros niños va a depender de la formación que sepamos darles, y en un mundo tan acelerado como el actual, quienes nos dedicamos a la educación tenemos la obligación de ser los más actuales, los mejor informados, los que estemos dispuestos a vivir siempre en la frontera.
Es, sin duda, un estupendo y emocionante trabajo.

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