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(El Confidencial )

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Si no creamos una ciencia superior, el futuro lo diseñarán dos poderes que están íntimamente unidos: la tecnología y la economía. Y ninguno de los dos tiene buenos sistemas de frenado

Pienso que necesitamos una ciencia de superior nivel que las actuales, encargada de conocer lo que se está haciendo, evaluarlo, intentar prever las consecuencias y diseñar el futuro. Parece una afirmación megalómana, pero, si no existe ese tipo de saber, el futuro lo diseñarán dos poderes, y basta ver la información bursátil para saber que están unidos: la tecnología y la economía. Y ninguna de las dos tiene buenos sistemas de frenado. Harán todo lo que sean capaces de hacer, con independencia de que los resultados sean buenos o malos, justos o injustos, constructivos o destructivos. Esa superciencia tiene que preocuparse de la educación, que es la que debe formar a los protagonistas del mundo futuro. Como escribió Saint-Exupéry, “no conocemos la solución a los problemas futuros: lo único que podemos hacer es despertar inteligencias capaces de resolverlos”.

Hoy quiero hablar de los retos que plantean a la educación las nuevas tecnologías, mucho mas allá de la introducción o no de ordenadores en la escuela. Las técnicas que inventa el ser humano pueden dividirse en dos grandes grupos: las que sirven para producir objetos externos, y las que sirven para mejorar las destrezas personales. Cuando decimos de un jugador que tiene muy buena técnica, es que ha adquirido un modo más eficaz de desarrollar sus habilidades. Dentro de este grupo de técnicas que mejoran la acción humana, debemos incluir las tecnologías de la inteligencia, que permiten a la inteligencia humana ampliar su capacidad. En los albores de la humanidad esa función la realizó el lenguaje, luego la escritura, la numeración, la notación algebraica, y también la notación musical. Sin esta, por ejemplo, Beethoven no habría podido crear sus composiciones. Es decir, la inteligencia produce cosas que amplían las posibilidades de la misma inteligencia que las ha inventado. Es lo que he llamado el bucle prodigioso. Gracias a él nos hemos apartado poco a poco del mundo animal.

Los nuevos sistemas pueden hacer operaciones que van más allá de la capacidad humana y no sólo por velocidad de cálculo

Las tecnologías de la información son, tal vez, la más poderosa tecnología de la inteligencia inventada desde la escritura. En especial, la denominada Inteligencia Artificial (IA). Asistí al nacimiento de esta emocionante aventura humana. En 1957, cuando yo era un adolescente, apareció el General Problem Solver, un programa de ordenador (cuando casi nadie sabía lo que era eso) inventado por Herbert Simon, J.C. Shaw y Allen Newell que permitía que una máquina resolviera todo tipo de problemas. Aquello nos pareció maravilloso y amenazador. La máquina podía desbancar a la inteligencia humana. El entusiasmo decayó porque cosas que eran muy fáciles para nuestro cerebro resultaban inaccesibles para los ordenadores: comprender el lenguaje, por ejemplo. Pero desde entonces, la IA ha progresado mucho, sobre todo desde que los gigantes informáticos –Facebook, Google, Amazon, Microsoft, Baidu, etc.– han entrado en el negocio. Al comienzo de su historia, la IA se definía como “las operaciones realizadas por un computador que si las hiciera un cerebro humano diríamos que son inteligentes”. Aspiraba sólo a imitar la inteligencia humana. Ahora, los nuevos sistemas pueden hacer operaciones que van más allá de la capacidad humana y no sólo por velocidad de cálculo. Por ejemplo, pueden descubrir patrones en gigantescas masas de datos. Es lo que hace el data mining. Y, sobre todo, pueden aprender. Es lo que se denomina deep learning.

Cuerpo electrónico, cabeza humana

Ya habíamos asumido que los robots iban a desplazar a los humanos de los trabajos mecánicos, pero ahora aparece la posibilidad de que nos desplacen también de trabajos intelectuales. Por ejemplo, el Google Translate (servicio de traducción inmediata en 90 lenguas) va a hacer innecesario el aprendizaje de idiomas, al traducir la voz en tiempo real. El año pasado Google pagó unos 400 millones de dólares por DeepMind, una empresa inglesa “que trabaja para construir potentes algoritmos de aprendizaje de propósito general”, es decir, para que las máquinas puedan aprender cualquier cosa. Facebook tiene su propio laboratorio dirigido por Yann LeCun. Programas como Narrative Science escriben automáticamente artículos informativos, y son utilizados por la revista Forbes. Kensho Technologies puede responder a preguntas sobre temas financieros revisando gigantescas masas de información y respondiendo en lenguaje natural a los pocos segundos.

Ya se están comercializando programas de “realidad aumentada”, que mezclan información real e información virtual, generada por un ordenador, como las Google Glass. Y esto no ha hecho más que empezar. Creo que la generalización de esa “realidad aumentada” va a exigir la formación de una “inteligencia aumentada”, que sepa pensar hibridando procesos neuronales y procesos electrónicos, y que tendremos que enseñarlo en la escuela… cuando sepamos cómo hacerlo. La inteligencia humana, que no puede ya controlar la información, debe aprender a organizarse como un poderoso sistema personal de “toma de decisiones”, porque esa es la capacidad decisiva para asegurar su libertad. Para estudiar el modo de hacerlo, he iniciado el Proyecto Centauro. De la misma manera que el centauro tenía un cerebro humano en un cuerpo no humano, ahora tenemos que intentar que ese “cuerpo” electrónico cada día mas poderoso se mantenga también bajo el control de la inteligencia individual. Les tendré al corriente.

http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/educacion/2015-06-09/proyecto-centauro-educacion_874896/#lpu64CACOiCQKC3B

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